Es una enfermedad crónica que provoca inflamación de los bronquios y dificulta que el aire entre y salga correctamente de los pulmones. Es una enfermedad muy variable en el tiempo: puede haber temporadas largas, de meses o incluso años, con mayor o menor inflamación, y también momentos de empeoramiento más intenso y rápido, en cuestión de horas o días, que llamamos exacerbaciones, crisis o brotes.
No, el asma es una enfermedad crónica, pero muy variable en el tiempo: a veces es más intensa y otras menos. Los síntomas pueden controlarse con medicación y evitando, siempre que sea posible, los desencadenantes. Un buen control del asma ayuda también a reducir el riesgo de complicaciones en el futuro.
El asma causa típicamente síntomas de tos, silbidos, presión en el pecho y falta de aire. Más frecuente o intenso por las noches y mañanas, a veces con ejercicio, con infecciones respiratorias o con la risa.
El asma es una enfermedad inflamatoria en la que la genética puede influir parcialmente. Hay situaciones que pueden aumentar el riesgo de tener asma, como la obesidad, el tabaquismo o la contaminación ambiental. También existen factores relacionados con el embarazo y el nacimiento, como haber nacido prematuro o con bajo peso. La dieta de la madre y la del lactante también pueden influir. Sin embargo, no existe una única causa clara que explique por qué una persona desarrolla asma.
Cuando una persona tiene asma, sus bronquios, que son los tubos por los que entra y sale el aire de los pulmones, se vuelven más sensibles de lo normal. Esto significa que reaccionan con mayor facilidad ante diferentes situaciones, como infecciones respiratorias, alérgenos, humo, ejercicio, cambios de temperatura, contaminación o estrés. En cada paciente, los desencadenantes pueden ser distintos, y es importante aprender a reconocerlos.
Cuando los bronquios reaccionan, se producen varios cambios al mismo tiempo. En primer lugar, el músculo que rodea a los bronquios se contrae, como si apretara el tubo desde fuera, y hace que el paso del aire se apriete. En segundo lugar, la parte interna del bronquio se inflama, se hincha y se irrita. Además, en muchas personas también aumenta la producción de moco, que puede acumularse y dificultar aún más el paso del aire.
La suma de estos tres problemas -la contracción del músculo, la inflamación de la pared del bronquio y el exceso de moco- hace que respirar sea más difícil. Por eso pueden aparecer síntomas como tos, sensación de falta de aire, opresión en el pecho o silbidos al respirar.
Un aspecto importante es que, en el asma, esta inflamación no siempre se nota de forma constante. A veces la persona se puede encontrar bien y, sin embargo, los bronquios siguen siendo más sensibles de lo normal. Por eso el asma no consiste sólo en tener síntomas en momentos puntuales, sino en una tendencia de los bronquios a inflamarse y apretarse con facilidad.
Además, esa inflamación puede variar con el tiempo. En algunos momentos puede ser leve y, en otros, puede aumentar y provocar una crisis o empeoramiento del asma. Si esta inflamación no se controla bien durante mucho tiempo, los bronquios pueden volverse más reactivos o incluso más rígidos. Por eso es tan importante tratar no sólo los síntomas cuando aparecen, sino también la inflamación de base.
Conocer bien la enfermedad, evitar los posibles desencadenantes y realizar correctamente el tratamiento indicado por el médico es fundamental para que el asma esté bien controlada. También es muy importante aprender a reconocer los síntomas y saber cómo actuar en las diferentes situaciones.