"No vengo para que me cure; vengo para que me vea". Con esta frase terminó Jorge Medrano la carta abierta a los profesionales sanitarios que leyó durante una jornada sobre obesidad celebrada en el Hospital Universitario de Bellvitge. El texto emocionó a muchas de las personas presentes porque ponía palabras a una experiencia compartida por quienes viven con obesidad: la sensación de ser juzgadas antes de ser escuchadas.
Cuando Jorge llegó por primera vez a la consulta de la Dra. Núria Vilarrasa, endocrinóloga de Bellvitge, cargaba mucho más que 156 kilos de peso. También arrastraba años de dietas, problemas de salud, cansancio y el desgaste emocional de sentirse juzgado constantemente por su peso. Después de sufrir un infarto en 2016, entendió que tenía que hacer algo para seguir adelante. En 2020 inició en Bellvitge un proceso que culminaría con una cirugía bariátrica en noviembre de 2022. Hoy, con 65 años, ya jubilado, forma parte de la dirección de la Asociación Nacional de Personas que Viven con Obesidad (ANPO) y dedica buena parte de su tiempo a acompañar a otras personas que atraviesan situaciones parecidas.
¿Cuándo empezaste a darte cuenta de que el peso estaba ocupando demasiado espacio en tu vida?
Cuando miras atrás entiendes muchas cosas. Pero mientras las estás viviendo, simplemente te acostumbras. Durante muchos años trabajé como técnico de sonido en medios de comunicación, una profesión que me apasionaba y que me permitió coincidir con grandes profesionales de la radio y la televisión. Fueron años intensos y muy bonitos.
Pero también era una vida muy sedentaria. Pasaba muchas horas sentado delante de una mesa de sonido y, si a eso le sumas unos hábitos alimentarios que no eran precisamente los mejores, el resultado acaba llegando. Lo curioso es que mientras lo estás viviendo no te das cuenta. Vas acumulando kilos poco a poco y normalizando situaciones que, vistas con perspectiva, no eran normales. Te cansas más, te mueves menos, dejas de hacer determinadas cosas y acabas adaptando tu vida a esas limitaciones.
Has explicado que te daba más miedo ser juzgado que la propia enfermedad. ¿Por qué?
Porque durante muchos años la obesidad no se entendía como una enfermedad. La idea era muy simple: usted tiene obesidad porque come mucho. La solución era comer menos y caminar más. Y ya está.
Yo he hecho mil dietas. He visitado a muchos médicos y endocrinos. Y muchas veces salía de la consulta con la sensación de que no me habían visto a mí. Habían visto mi grasa. Les daba igual quién era yo, qué sentía o qué me estaba pasando.
Cuando eso te ocurre una vez detrás de otra acabas perdiendo la confianza. No solo en los profesionales, también en ti mismo. Empiezas a pensar que el problema eres tú. Y llega un momento en que te da más miedo entrar en una consulta y sentirte juzgado que enfrentarte a la propia enfermedad.
Llegaste a pesar 156 kilos. ¿Cómo era tu vida en aquella época?
La gente suele quedarse con el número, con los kilos. Pero la obesidad es mucho más que eso. No tienes fondo. Estás cansado desde que te levantas. Aparecen las apneas del sueño. Las piernas retienen líquidos. Pies de elefante. Te cuesta caminar. Te cuesta respirar. Tu cabeza te dice que puedes hacer cosas, pero el cuerpo te demuestra constantemente que no.
Y lo peor es que no sucede de golpe. El cuerpo se va apagando poco a poco, sin que te des cuenta. Recuerdo salir a pasear con amigos. Al cabo de un kilómetro y medio yo ya no existía. Estaba sentado en un banco, casi con la lengua fuera, mientras los demás seguían caminando. Ellos seguían hablando y disfrutando del paseo, y yo estaba intentando recuperar el aliento.
Pero la parte física no era lo único duro. También estaba la vergüenza. Ir a comprar una camisa sabiendo que probablemente no encontrarías tu talla. Sentarte en un autobús y sentir que ocupas más espacio del que deberías. Ir acumulando pequeñas derrotas cotidianas que terminan haciéndote mucho daño por dentro.
¿Cuándo llegó el punto de inflexión?
En 2016, cuando sufrí un infarto. Puede sonar extraño, pero yo siempre digo que tuve suerte. Porque aquel infarto me obligó a reaccionar.
Había pasado varios años trabajando en México y fueron años de mucha responsabilidad. Cuando regresé a casa sentí tranquilidad. Volví con mi mujer, con mis amigos y con mi gente. Siempre digo que mi corazón esperó a que volviera para rendirse.
Aquel episodio me hizo entender que tenía que cambiar cosas. Que, si quería seguir aquí, tenía que actuar. Pero incluso después del infarto seguía costándome pedir ayuda. La vergüenza y el miedo seguían ahí.
¿Qué encontraste en Bellvitge que no habías encontrado antes?
Sería injusto decir que todo empezó en un solo momento. Mirando atrás, hubo profesionales que marcaron una diferencia importante cuando yo todavía estaba buscando respuestas. El doctor Santiago Capdevila, urólogo del Hospital de Viladecans, fue una de las primeras personas que se preocupó realmente por mí. También el doctor Iñaki Marina, especialista en medicina interna, me ayudó a entender que había que mirar más allá de los kilos. Y más adelante, ya en Bellvitge, la Dra. Lucía Sobrino, de cirugía bariátrica, desempeñó un papel fundamental en todo el proceso quirúrgico. A los tres les estaré siempre agradecido.
Allí comprendí algo que hoy me parece fundamental: que la obesidad es mucho más compleja de lo que la mayoría de la gente cree. No se trata simplemente de comer menos. Hay muchos factores detrás y hay que abordarlos todos.
Y junto al conocimiento médico encontré algo que valoro muchísimo: humanidad. Siempre digo que he tenido mucha suerte con los profesionales que me han atendido porque no solo eran excelentes desde el punto de vista médico. También supieron tratarme como persona.
¿Cómo recuerdas el proceso hasta la cirugía bariátrica?
Fue un proceso largo. Mi primera visita fue en 2020 y la cirugía llegó en noviembre de 2022. Durante ese tiempo hay pruebas, controles, cambios de hábitos y mucho trabajo personal. A veces la gente piensa que la cirugía es una solución mágica y no lo es. La cirugía ayuda, por supuesto. Pero detrás hay mucho esfuerzo, mucha disciplina y muchos cambios que tienes que incorporar a tu vida para siempre. No fue fácil. Pero sí fue una oportunidad para recuperar la salud.
¿Recuerdas el momento en que te diste cuenta de que tu vida estaba cambiando?
Sí, perfectamente. Cuando estás operado y pasas semanas con dietas líquidas, revisiones y controles médicos, no eres demasiado consciente de lo que está ocurriendo. Estás concentrado en cumplir cada paso. Pero un día te subes a la hasta entonces “enemiga” báscula y descubres que has perdido una buena cantidad de kilos. Empiezas a notar que la ropa te queda grande. Que te cansas mucho menos. Que te levantas con ganas de hacer cosas. Que vuelves a tener proyectos. Entonces entiendes que algo ha cambiado. Siempre digo que aquel día descubrí que seguía vivo.
¿Qué has recuperado gracias a la pérdida de peso?
He recuperado la vida cotidiana. He recuperado cosas que parecen pequeñas, pero que cuando las pierdes te das cuenta de que son enormes. Caminar. Salir con amigos. Hacer planes. Viajar. Agacharme sin dificultad. Moverme sin estar pensando constantemente en mi cuerpo.
Hoy todavía me gustaría perder algo más de peso, claro que sí. Pero ya no vivo con la urgencia de antes. Porque ahora soy capaz de hacer cosas que durante años habían dejado de formar parte de mi vida. Cuando vives con obesidad severa no pierdes solo salud. Vas perdiendo pequeñas parcelas de libertad sin darte cuenta. Y recuperarlas es una sensación extraordinaria.
¿Cómo llegaste a ANPO?
Fue la propia Dra. Núria Vilarrasa quien me habló de la asociación y me dijo que quizá podría ayudarme. Con el tiempo empecé a implicarme cada vez más hasta formar parte de la dirección. Todos los que estamos allí somos pacientes o hemos sido pacientes. Sabemos perfectamente lo que significa convivir con la obesidad porque lo hemos vivido en primera persona.
También organizamos grupos de apoyo gratuitos y actividades para que las personas puedan resolver dudas, compartir experiencias y sentirse acompañadas. Siempre digo una frase que resume muy bien nuestra filosofía: "Ayúdame a ayudar".
Durante una jornada en Bellvitge leíste una carta abierta a los profesionales sanitarios que emocionó a muchas personas. ¿Por qué quisiste escribirla?
Porque quería explicar qué siente una persona cuando entra en una consulta con miedo, vergüenza y mucha vulnerabilidad. Quería explicar que detrás de cada persona con obesidad hay una historia que el profesional no conoce: hay una familia, hay frustraciones, hay sufrimiento. Y hay esperanza.
La carta era una manera de pedir que no miraran solo el peso o el índice de masa corporal: que miraran a la persona. Porque muchas veces no necesitamos que nos juzguen ni que nos den una lección. Lo que necesitamos es que nos escuchen.
¿Qué te gustaría que entendiera la sociedad sobre las personas que viven con obesidad?
Que somos personas exactamente iguales que cualquier otra. La obesidad es una enfermedad, no un defecto moral ni una falta de voluntad.
Me gustaría que dejáramos atrás las bromas fáciles y los prejuicios. Que la gente entendiera que detrás de cada persona hay una historia que desconoce y una lucha que probablemente no imagina. No necesitamos juicios: necesitamos comprensión.
¿Y qué le dirías a alguien que está evitando pedir ayuda?
Le diría que no está solo. Que hay profesionales que pueden ayudarle y personas que han recorrido el mismo camino. Pedir ayuda da miedo. Yo lo sé bien; pero también sé que merece la pena. Si alguien me preguntara hoy si todo este esfuerzo compensa, mi respuesta sería muy sencilla: sí. Siempre sí.
Porque llega un día en que vuelves a caminar, vuelves a respirar bien, vuelves a hacer planes y vuelves a sentirte parte de la vida. Y entonces te das cuenta de que no solo has perdido peso. Has recuperado la vida.