La vida es hoy
Aunque no lo pensemos todos los días, si existe algo valioso, es la vida. Cada uno de nosotros tiene la suya editada y disfrutada a su manera, todas diferentes, pero todas válidas. Pasamos por ella sin ver la importancia que tiene la posibilidad de compartirla a diario con nuestros seres más queridos. Si hay un momento en el que valoras cualquier mínimo detalle de lo importante que es ser el dueño de la edición de tu vida, es el ingreso en un hospital. Soy enfermo de Crohn, una dolencia crónica que te recuerda cada día que la salud es lo más importante, porque tiene la capacidad de editar tu vida mediante ingresos hospitalarios, y en el caso que os cuento una intervención quirúrgica en el aparato digestivo en el Hospital de Bellvitge.
Llego al hospital en ambulancia, derivado desde mi hospital de referencia en Sant Pere de Ribes, de madrugada, con un fuerte dolor abdominal. Ya la derivación me hace pensar que el tema es serio y no voy a salir de allí tan rápido como pensaba. Efectivamente, una infección provocada por el Crohn empieza nuevamente a editar mi vida y no me deja volver a casa con mi mujer y mi hijo que son lo más importante para mí. Cuando uno entra a un hospital y espera noticias, entra en otro mundo. Desde ese momento tu vida ha quedado atrás, congelada, esperando a que vuelvas a editarla cuando todo haya pasado. Dejan de importarte muchas de aquellas cosas que no te dejaban dormir, dejan de interesarte aquellas cosas con las que perdías el tiempo, desviándote de aquello en lo que tenías que haberlo dedicado realmente. Ahora estás en una cama de urgencias, mirando al techo y, sobre todo, a la puerta que se encuentra frente a tus pies, porque esa puerta, cuando se abre, trae una noticia, buena o mala, pero que necesitas saber, porque todo tu ser, mente y tiempo únicamente están concentrados en esperar a que se abra y te dejen volver a casa, y que el susto haya pasado como un mal sueño. Ahora dependes de tu salud, y tu salud depende del equipo médico de un hospital, que eres consciente de que no son tus mejores amigos pero que van a entrar enseguida en tu vida, como si los conocieras desde siempre, y saben lo importantes que son sus palabras de ánimo.
Trece días ingresado con la noticia de que volvería a casa con tratamiento, mientras programaban la intervención quirúrgica por la que tenía que pasar a finales del mes de julio. Esos trece días, sabiendo que no saldría con una solución total y que debería volver, aún se me hicieron más largos. Una situación a la que te tienes que adaptar física y mentalmente. Los compañeros de habitación pasan a ser amigos de aventuras. Son muchas horas y muchas conversaciones, todas enriquecedoras porque en cada persona hay una experiencia y un mundo del que siempre se aprende. Tuve la suerte de coincidir con Manuel Blas, su mujer Rosa y una familia excelente. Fue el primer compañero que vino a ocupar la cama de al lado de la habitación en la que yo ya estaba ubicado. Hasta ese momento había sido yo el que había estado instalándome por las plantas. En ese momento yo estaba en la planta de Vascular esperando a que hubiera cama en la de Digestivo.
Manuel también se había operado, en su caso de un pie. Ya me hizo ilusión recibirlo en la habitación porque tuve la oportunidad de hacer de anfitrión, aunque Manuel ya llevaba pasando por el hospital desde el mes de mayo. Conectamos bien y nos iban uniendo las aventuras que pasábamos en nuestros seguimientos de los médicos y las correspondientes curas. Pero lo que nos hizo inseparables fue la noche en que Manuel se desorientó y me lo encontré de pie en la cama, agarrado a un armario, con los cables de una máquina que le habían puesto en el pie para la cicatrización estirados como las gomas de un tirachinas. Preocupado y para poder ayudarle, le pregunté si le pasaba algo. Él me contestó: «Ladrón, devuélveme lo que es mío...» e hizo un gesto como de saltar encima de mí desde su cama Claro, el susto fue descomunal. Enseguida llamé al timbre de las enfermeras y me di cuenta de que no era algo personal, también llamó ladronas a las enfermeras. Bueno, a todo el mundo que vino. El hombre se había mosqueado porque en su desorientación había visto cómo le robábamos unos cristales muy valiosos que tenía, y porque se podía mover poco, porque si no, nos da con un palo. Entenderéis que, tras una experiencia así, de todos los días que nos quedaron juntos en el hospital, no hubo uno solo que no nos partiéramos de la risa o saliera alguna conversación sobre escaladas o sobre Spiderman.
Entonces me dieron el alta para seguir el tratamiento en casa, a la espera de la intervención. Más de un mes sin salud esperando a ser operado es mucho tiempo, y más en verano. Lo positivo es que pude irme a la fiesta de graduación de mi hijo, que acababa su etapa escolar. Cualquier detalle que pudiera disfrutar al lado de mi mujer y de mi hijo era un regalo, por lo separados que habíamos estado y por lo que aún nos esperaba.
Llegó el día de la operación. Fue mucho más complicada de lo esperado. Tuve a mi familia y a Julio, que lo considero igual, ocho horas esperando noticias mías. No imagino lo que es pasar por eso, de las peores cosas que pueden suceder. Tras la intervención pasé una noche en la UCI para estabilizar el dolor. Nuevamente a mirar la puerta blanca, a esperar cuándo se abría con alguna novedad. El trato de todo el personal médico fue excelente. Es lo único con lo que cuentas, y te tranquiliza saber que siempre están allí, a tu lado. Hace que te sientas seguro.
De nuevo a planta y a iniciar la recuperación. A Mari Carmen, la primera enfermera que me atendió, le debo estas líneas porque fue la que me invitó a compartirlas con vosotros. Lástima que en el hospital no estés con suficiente humor para disfrutar de las personas, porque se pierden conversaciones interesantes y agradables, porque en muchas ocasiones no te apetece o no puedes porque tu estado o tus dolores no te permiten mostrarte como tú eres. Evolucionando cada día un poco, con algo de pena también, porque en pleno mes de agosto mi mujer y mi hijo tuvieron que inventarse un verano diferente, con la única ambición de verme recuperado y en casa. No tengo palabras para agradecer a Pam, mi mujer, los días que ha pasado junto a mí, dándome ánimos, hablándome, o sin hablar, simplemente estando ahí para que yo pudiera sentirla. Y también los días sola en casa, haciéndose cargo de todo. En el hospital, un día tras otro, tienes la esperanza de que el que amanece sea mejor que el anterior, y tienes la sensación de que aquel no es tu sitio, pero sin salud no existe otro mejor donde estar. Debes controlar la mente, porque está claro que tus pensamientos a veces no te ayudan demasiado, pero si los descontrolas sí que pueden hacerte mucho daño. No es raro que las palabras más repetidas y escuchadas en estas situaciones sean: «Paciencia, poco a poco». Realmente es la mayor verdad, no hay más. Los días pasarán y por muy mal que estés, el sol volverá a ponerse nuevamente.
Llegó el día de recibir el alta y regresar a casa. Por muchas alegrías y penas que hayas pasado en la vida, ese momento en el que escuchas que vuelves a casa eclipsa todo lo vivido, pareces resetear, empezar de cero, pero con una nueva energía. Por desgracia, solo pude estar dos días, y aunque uno coincidió con el cumpleaños de mi mujer, no guardaremos un buen recuerdo. Una nueva infección, esta vez postoperatoria, hizo que volvieran a ingresarme. Nuevo aprendizaje, lo importante no era estar en casa, lo importante es estar bien. Sin salud no hay nada, porque no está la persona. Otro ingreso, nuevas puertas blancas. Ya resignado, lo importante para mí y mi familia no era estar juntos, era estar juntos y bien. Es muy duro ver el sufrimiento del que tienes al lado cuando no estás bien, muy superior al tuyo propio. Con fuerza seguimos los tratamientos del equipo médico con el objetivo de volver a salir. Con más calma que la vez anterior, porque quería salir, pero para disfrutar, sin miedos. Podría tardar más tiempo, pero me recompensaría. Aunque no volví a tener un compañero como Manuel, los recuerdo a todos y les deseo lo mejor. Antonio, Emilio, Domingo...
Ahora ya estoy en casa, la evolución ha sido buena. Estoy contento de volver a mi vida poco a poco y agradecido a todas las personas que de alguna manera forman parte de este relato: el personal del equipo médico de urgencias, de pruebas diagnósticas, de digestivo, de cirugía, de limpieza, los compañeros de habitación, los familiares, todas la personas que, aun sin saberlo, te ayudan, porque cualquier detalle es importante en las veinticuatro horas que dura cada día de ingreso.
Y mi corazón siempre será para mi mujer Pam, mi hijo Alex y mi familia, siempre a mi lado. Además, nunca olvidaremos el día en que les dimos a mis suegros la noticia de que seríamos uno más. Sé que les quito la vida cuando no estoy bien. También quiero darle las gracias a Julio, mi súper socio, que no me puede cuidar más; a Berni, Gloria y Salva por sus palabras sinceras; a los Belvis, un lujo tenerlos siempre cerca; a Jan y Javi, que demostraron que quien quiere puede; a Alex y familia, que no dejaron solo a un héroe del silencio; a todos mis Vikings, que me dedicaron sus últimas victorias; a la Dra. Sonia Albertos, por su atención y preocupación; y a todos los que dedicaron un segundo a recordarme y cuidaron de los míos en esos momentos difíciles. No puedo más que transmitiros la frase con la que me levanto cada mañana para que también podáis disfrutar de ella: «La vida es hoy».
Lorenzo Amaro Jiménez