El RELATO del mes

Somnis que podrien ser reals  Joan Guasch

Sueños que podrían ser reales Joan Guasch Cuscó Desde mi habitación vol. II, pag. 49 

Me levanto como cualquier día, en cuanto la enfermera de turno llama a la puerta de la habitación y lo primero que hace es subir la persiana de la ventana para que entre el sol.

Nuestra habitación tiene vistas al mar. Una auxiliar, de nombre Antonia, nos trae el desayuno a mi compañero y a mí. Él, mi compañero de habitación en estos momentos, sale del baño.

En el transcurso del desayuno, le comento a mi compañero, de nombre Rachid (es de Marruecos), que hoy podríamos ir a pasar el día a Barcelona, a conocer algo de la ciudad.

Hemos empezado bien el día, para desayunar, churros con chocolate caliente y un vaso de agua. Me viene el recuerdo de cuando con mi mujer, que es gallega de nacimiento, íbamos a Galicia de vacaciones y en Ourense, cerca del hotel, había una cafetería donde la gente desayunaba con los típicos churros y una taza de chocolate caliente, y detrás el camarero siempre traía un vaso de agua. Costumbres de aquella tierra.

Terminamos el desayuno y mi compañero acepta mi propuesta, pero solo falta una cosa, que la enfermera de turno nos dé el permiso. Se llama Sara y tiene un corazón de oro. Hablamos con ella y permiso concedido. Nuestro comportamiento en este hospital de Bellvitge es bueno. Solo nos pide una cosa: «Prometedme que a las ocho de la tarde estaréis de vuelta». «De acuerdo, prometido.» Así que en media hora mi compañero y yo estamos montados en un bus que nos llevará a Barcelona.

Hemos tenido suerte, no hemos tardado nada en cogerlo. Tenemos una parada delante mismo del hospital.

Hemos llegado a la plaza Cataluña en un santiamén. Bueno, unos veinticinco minutos. Es domingo y los habitantes de la ciudad se escapan de la gran urbe, bastante jaleo tienen ya durante la semana y también se lo merecen.

Mientras llegamos, Rachid me comenta si tengo algún plan, a lo que yo le contesto: «Siempre que tú estés de acuerdo, podríamos ver un poco el barrio de Gracia, la Sagrada Familia y, cómo no, la catedral. Bajaremos desde Plaza Cataluña por las Ramblas hasta llegar a la Plaza Sant Jaume, donde se encuentran el ayuntamiento y el palacio de la Generalitat». Le parece bien. Poco después, dispuestos a caminar un poco, avanzamos.

Qué precioso es el barrio de Gracia, con sus calles limpias, sus edificios antiguos, pero también alguno moderno, que no encaja. Aquí debe de residir gente de poder adquisitivo alto, pero también hay cantidad de familias que no tienen tanto.

Seguimos la visita hasta llegar a la Sagrada Familia, nos gustaría visitarla, pero tendríamos que hacer cola y no disponemos de mucho tiempo, así que damos una breve vuelta alrededor de dicho edificio. Esperemos que algún día acaben esta obra de Antonio Gaudí.

Volvemos a la plaza de Catalunya y nos dejamos llevar Ramblas abajo por una cantidad de turistas impresionante. ¡Cuántas floristerías y las floristas preparando ramos de flores que les pide la gente! Estoy pensando que yo también podría llevarme unas rosas rojas para regalárselas a mi enfermera, que hoy es su cumpleaños, aunque lo tendrá que pasar en el hospital, pues le toca guardia.

Después de pensármelo dos veces, desisto. ¿A dónde voy todo el día con un ramo de rosas rojas? Es bastante incómodo. Además, para cuando lleguemos al hospital ya estarán marchitas.

Cerca del mediodía, nos dirigimos hacia la catedral de Barcelona. Pasaremos por la plaza Sant Jaume y enseguida llegaremos. Le pregunto a mi compañero que si al ser musulmán le supone algún problema entrar en la catedral. 

Me contesta que no. Yo había entrado en alguna mezquita, en cierta ocasión. Fue en Arabia Saudí y, respetando sus costumbres, no hubo ningún tipo de problema. Así que entramos y la visitamos.

Es la una y media y le propongo a Rachid ir a comer. Le invito yo, él acepta de buen grado y nos dirigimos hacia la Barceloneta.
Entramos en un restaurante cerca del puerto. La terraza está llena de turistas. Viene el camarero. «Por favor, unas gambitas cocidas y una merluza a la vasca.» Mi compañero quiere unos mejillones al vapor y, de segundo, lo mismo que yo. De postre, una macedonia de frutas variadas. Todo riquísimo. Antes de marcharnos, yo pido un café y Rachid un té marroquí.

Entre pitos y flautas son las cuatro de la tarde. Le digo a mi compañero que nos acerquemos hasta la Ciutadella, a pasear un poco por los jardines.

Sin darnos cuenta se nos hace tarde, es hora de volver a nuestra casa en estos momentos, el hospital.

En unos cuarenta minutos, de nuevo el bus nos deja en la parada de delante mismo del hospital.

Al entrar en el edificio, me acuerdo del cumpleaños de la enfermera. Tengo suerte, a la entrada, justo al lado, hay un lugar donde venden flores. Vamos a ver qué es lo que le queda. Le pregunto a la florista si todavía le quedan rosas, si no, cogeré otras flores. Continúo teniendo suerte, le queda una docena de rosas rojas.

Entramos, ascensor en marcha y hasta la planta 12.

Al entrar en la planta me encuentro con la enfermera Sara. Sujeto el ramo de rosas detrás de la espalda. Se las doy. Salen más enfermeras y algunas auxiliares y todos juntos nos ponemos a cantar «Muchas felicidades en el día de tu aniversario».

La miro a la cara y veo que de sus ojos se desprenden unas lágrimas. Está muy emocionada, todos le damos un abrazo. Veo en ella una mujer feliz y contenta, y eso después de llevar más de ocho horas trabajando y cuidando a los enfermos.
Por cierto, el reloj de la columna central marca las 08:08.

Entramos en nuestra habitación, en diez minutos nos traerán la cena, después a descansar, hoy lo necesitamos.

De nuevo las 08:30 de la mañana, nos despierta la enfermera de turno, persiana arriba para que entre el sol. De nuevo, la auxiliar dice «Arriba, valientes, que hoy es domingo y hay que descansar».

Es el día del Señor. Me levanto y lo primero que hago es mirar por la ventana el reflejo del sol sobre del mar. Veo la autovía de Castelldefels con poco tránsito, todavía es pronto. Algunos taxis llevan pasajeros o van a buscarlos al aeropuerto del Prat o de Josep Tarradellas.

Entra de nuevo la auxiliar con la bandeja del desayuno: café con leche y un croissant y pan con jamón dulce, un yogur y agua. No hay ni churros, ni chocolate caliente. Es en estos momentos cuando despierto de mis sueños de la noche anterior y que hubieran podido ser reales. Pero me siento feliz y lo comparto con mi amigo Rachid. A él también lo veo feliz, igual que Sara anoche.
Hoy está de turno otra enfermera y también la auxiliar, y aunque no es su cumpleaños, se les ve felices cuidando enfermos y haciéndoles las curas pertinentes.

Este relato me ha demostrado a mí mismo que soñar ayuda a ser feliz y que todo es posible con fuerza de voluntad y empeño. Y sé que un día podré cumplir mi sueño.

Y ahora, para terminar, decir que me llamo Joan y llevo desde enero del 2017 entrando y saliendo de hospitales, primero en Villafranca del Penedés, donde resido con mi familia, y luego, desde septiembre de 2018 hasta la actualidad (17 de junio de 2019), en este hospital de Bellvitge por distintas patologías.

Desde mi habitación, doy las gracias a todos los médicos que me están atendiendo, urólogos, de medicina vascular, de infecciones, otorrinos, traumatólogos y, cómo no, a todas las enfermeras y auxiliares. También al fisioterapeuta que ha tenido tanta paciencia conmigo.

A todos, gracias, gracias y gracias

Soñar es vida.

Ilustración: Esther Raya

     2. Agustí Casas, Pensaments

     1. Queralt Rubio, Viaje Astral